Los Cinco

Los Cinco en el torreón fantasmal

Los Cinco en el torreón fantasmal

Los Cinco en el torreón fantasmal es el quinto libro de continuación escrito por el guionista y director de cine Óscar Parra de Carrizosa.

Esta nueva aventura es la quinta publicada íntegramente en castellano de las séis previstas, solo se encuentra disponible para usuarios registrados de la web.

La obra ha sido revisada por Gema González Regal.

Confiamos en que sea tan de vuestro agrado como lo han sido las anteriores.

Los Cinco en el torreón fantasmal.

Los Cinco en el torreón fantasmal.

 

 

Capítulo I: Verano en Kirrin.


Capítulo Primero

 

VERANO EN KIRRIN

 

— ¡Qué fastidio! El verano se pasa y ni rastro de aventura o algo que se le parezca —dijo Dick, sentado sobre el césped del jardín de Villa Kirrin donde disfrutaba de los últimos días de Agosto junto a Julián, su hermano mayor, Ana, la pequeña de los tres, su prima Jorge y el perro de esta, Tim.

—Bueno, pero mírate, estás tan moreno que pareces un deshollinador —contestó Ana, feliz con la idea de tener unas vacaciones tranquilas.

—Pues yo pienso lo mismo que tú, Dick —añadió Jorge, tumbada de cara al cielo con los ojos cerrados—. Un verano sin aventuras no es emocionante.

—Puedes entrar en la casa gritando a todo volumen —apuntó Julián, sin levantar la mirada de un libro que leía con fruición.

— ¿Para qué? —preguntó Jorge, extrañada por la observación de su primo.

— ¡En cuestión de segundos verías aparecer al tío Quintín con el rostro rojo de ira y entonces te aseguro que tendrás una verdadera emoción! —dijo Julián, con una sonrisa.

Todos rieron la ocurrencia. Incluso Tim ladró, dejando constancia de que había entendido la broma.

—En realidad creo que necesitamos un poco de acción —aseveró Julián—. De lo contrario creo que comenzaremos las clases con seis o siete kilos de más cada uno.

— ¿Qué tal una excursión en bicicleta por los acantilados? —propuso Dick, incorporándose.

—No está mal, aunque con este calor tendríamos que hacerla más tarde —repuso Jorge.

— ¿Y si nos marchásemos de acampada unos días? —preguntó Ana, con un brillo de emoción en sus ojos—. ¡Sería fantástico pasar unos días por nuestra cuenta!

— ¡Vaya, pues a mí me parece una idea formidable! —exclamó Dick—. ¿Cómo no se me habrá ocurrido a mí?

—Hace tres semanas que estuvimos en la isla de Kirrin, tal vez a tía Fanny no le parezca apropiado que nos  marchemos de nuevo —observó Julián.

— ¡Claro que se lo parecerá! —dijo Jorge—. Mamá siempre está deseosa de que molestemos lo menos posible a papá. Hoy mismo se lo diremos. ¿A qué sitio se os ocurre que vayamos?

—Yo voto por acampar en los acantilados de Kirrin, cerca de la Ensenada de los Vientos —propuso Dick.

— ¡Oh, es un sitio encantador! —chilló Ana, encantada con la perspectiva de pasar unos días solos—. Además, podríamos ir regularmente a Kirrin a comprar lo que necesitemos. ¡Espero que tía Fanny nos lo permita!

El resto de la mañana la pasaron preparando, sobre un viejo mapa que trajo Jorge, las excursiones que harían durante su acampada. Dick propuso visitar una vieja mina abandonada, pero Julián no lo vio adecuado, pues había escuchado que durante el pasado invierno se habían producido algunos derrumbamientos.

—De todos modos, aún no contamos con la autorización de tía Fanny —dijo Julián—. Se lo comunicaré después de almorzar. La verdad es que una idea muy excitante.

Poco después todos se sentaban a la mesa con tía Fanny sirviéndoles el almuerzo. Los nervios les traicionaban y ese extraño silencio  hizo sospechar a la madre de Jorge.

— ¿Qué ocurre, chicos? No habéis abierto la boca si no para comer en todo el tiempo —, observó la buena mujer—. ¿Va todo bien?

— ¡Oh, sí tía Fanny! —se apresuró a contestar Julián —. Hemos pasado la mañana haciendo planes para los escasos días de verano que nos quedan y pensamos que hacer una excursión por los alrededores sería un plan estupendo.

Tía Fanny se quedó mirando a Julián fijamente. ¡Era increíble lo educado y convincente que era aquel muchacho!

—Naturalmente, contando con que nos des permiso —acotó Julián, con una sonrisa enorme que le iluminó el rostro.

—Bueno, por mí no hay ningún problema—, contestó tía Fanny—. Se lo diré a vuestro tío, aunque creo que se alegrará sobremanera de saber que la casa estará en silencio unos cuantos días.

Los chicos se miraron entusiasmados entre ellos. Incluso Tim movió el rabo con fuerza, ¡era su manera de decir que a él también le hacía una ilusión enorme!

—¡Oh, entonces nos iremos! —exclamó Ana, presa de la excitación—. ¡Tendré que ponerme a preparar la lista de lo que vamos a necesitar!

—No te preocupes por el tema de la comida —apuntó Dick—. Eso es asunto mío.

—Naturalmente, eres un experto en la materia —dijo Jorge, con tono burlón.

 

Tras el almuerzo, los cinco subieron al dormitorio de los chicos para estudiar con más detenimiento el mapa de Jorge.

Tim observaba con sumo interés aquel vetusto papel lleno de símbolos extraños. ¡Verdaderamente parecía entender tan bien como los chicos cada uno de los signos que allí se dibujaban!

—Mirad, hay un bosquecillo bastante cercano a la Granja Chester —expuso Julián, señalando un punto del mapa—.

— ¡Será maravilloso encender la chimenea por la noche y contar viejas historias alrededor —propuso Dick—.

—Estoy de acuerdo, siempre que no sean de miedo —dijo Ana, mirando fijamente a su hermano—. Que son precisamente tus favoritas y las de Jorge.

—No habrá historias de miedo —aseguró Julián, pasándole el brazo por encima de los hombros a Ana—.

Al momento alguien llamó a la puerta de la habitación. Era tía Fanny, que venía con una enorme bandeja llena de pasteles y pastas. Ana se puso en pie y ayudó a la mujer a servir el té.

—Traigo buenas noticias —dijo con una enorme sonrisa en los labios mientras depositaba la bandeja de las pastas en una pequeña mesa auxiliar—. He hablado con tío Quintín y mañana mismo podéis partir. Esta tarde dedicadla a preparar todo. En un rato yo iré con el tío a Kirrin, si necesitáis que os traigamos algo, apuntádmelo en una lista antes de que nos vayamos.

Todos saltaron de alegría con las novedades. El resto de la jornada transcurrió entre preparativos y planes. ¡Era terriblemente emocionante pasar unos días completamente solos!

Dick corrió escaleras abajo y le entregó a tía Fanny una lista con varios objetos, especialmente algunas de sus comidas favoritas, así como baterías para las linternas, cerillas y algún dulce.

A las cinco de la tarde, con el sol tocando ya la línea del horizonte, los chicos se sintieron súbitamente agotados.

— ¡Sopla! Mirad qué espectáculo —exclamó Julián, mirando por la ventana—. ¿No es apabullante?

Efectivamente, los últimos rayos del sol acariciaban la superficie del mar tiñendo toda la bahía de un hermoso naranja, que contrastaba con el azul profundo del cielo.

— ¡Parece una imagen de cuento de hadas! —manifestó Ana, emocionada por la belleza del paisaje.

—Desde la Ensenada de los Vientos también se ve la isla —aseguró Jorge—. Mañana a estas horas podremos disfrutar de este atardecer al aire libre.

De pronto a Dick se le abrió la boca en un bostezo que el muchacho no fue capaz de contener.

— ¡Dios mío! Creo que voy a desfallecer si no me meto en la cama inmediatamente —dijo, disculpándose por el gesto.

Irremediablemente todos se contagiaron de Dick y al momento se desató todo un concierto de bostezos. Las chicas se marcharon a su dormitorio y diez minutos después no quedaba ni uno solo de los cinco despierto. Incluso Tim yacía acomodado sobre la cama de Jorge, eso sí, con una oreja levantada. Estando todos juntos no se podía bajar la guardia jamás.

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