Los Cinco

Los Cinco se reencuentran: Índice

Los Cinco se reencuentran: Índice

Los Cinco se reencuentran es el cuarto libro de continuación escrito por el guionista y director de cine Óscar Parra de Carrizosa.

La escritura de Los Cinco se reencuentran es algo especial dado que el argumento del libro se sitúa diez años después de la última aventura, con Julián encarando casi la treintena y los demás con los veinticinco ya superados.

Esta nueva aventura, la cuarta publicada íntegramente en castellano de las séis previstas, solo se encuentra disponible en la web www.enidblyton.es

La obra ha sido revisada por Gema González Regal.

Confiamos en que sea tan de vuestro agrado como lo han sido las tres anteriores.

 

Los Cinco se reencuentran

 

 

Capítulo I: Dick, tiene una gran idea.


Capítulo Primero

DICK, TIENE UNA GRAN IDEA

—Parece mentira—dijo Dick, ojeando unas cuantas fotografías en blanco y negro que había encontrado entre las hojas de un viejo libro.

En ellas se veía a sus hermanos Julián y Ana, acompañados por un enorme perro marrón, el viejo Tim, la prima Jorge y él mismo en un rincón del jardín de Villa Kirrin.

—Debió hacerlas tía Fanny el último verano que pasamos en su casa —pensó Dick con cierta añoranza, dejándose caer sobre un sillón.

Habían pasado más de diez años desde aquel verano. Julián comenzó la universidad y sus nuevas obligaciones le impidieron volver junto a los otros. Poco a poco todos fueron adquiriendo compromisos y el tiempo terminó por distanciar aquellos días de vacaciones, sol y mar que tanto habían disfrutado durante los primeros años de sus vidas.

Dick trabajaba como médico dietista y estaba entre los más solicitados de Londres, pues había conseguido adelgazar a varias esposas de importantes políticos. Amaba su profesión y era capaz de pasar largas horas entre libros y anotaciones manuales.

Julián, como no podía ser de otro modo, había estudiado Física y trabajaba en un prestigioso laboratorio del norte de la ciudad, además colaboraba asiduamente con Scotland Yard.

Dick y Julián se veían a menudo, no pasaban dos semanas sin que los hermanos quedasen a comer en el Restaurante Rules, un viejo local londinense que ya frecuentaran con sus padres.

Ana, que estaba estudiando enfermería en Cambridge, se dejaba ver poco. Gran parte de su tiempo libre lo dedicaba a diversas actividades relacionadas con una ONG que cuidaba de enfermos desahuciados y veía a sus hermanos en Navidades y algunas otras fechas señaladas.

En cuanto a Jorge, la muchacha había decidido seguir en un ambiente campestre y por ello se hizo cargo de la Granja Kirrin. Una vez que la señora y el señor Sanders fallecieron, Jorge se mudó allí con su amado Tim. Desde entonces se dedicaba, afanosamente, al cultivo de frutas y hortalizas de temporada que, semanalmente, vendía a varios clientes. Además, se había hecho con una buena cabaña ganadera de ovejas y su amigo Alf las pastoreaba por los verdes páramos que rodeaban la Granja Kirrin.

“¿Cuánto hará que no veo a Jorge? ¿Cinco años? ¿Seis?“, se preguntó Dick, con cierta tristeza. “La verdad es que apenas he tenido noticias de ella desde que nos llamó para comunicarnos que se mudaba a la granja con Tim… Bueno, voy a continuar haciendo la dieta de la señora Greenhouse o, en breve, la pobre tendrá que llamar a los albañiles para ensanchar las puertas de su casa”.

El resto de la tarde Dick la pasó haciendo cálculos calóricos, quitando y poniendo alimentos en sendas tablas y atendiendo llamadas de teléfono de sus clientes. De vez en cuando se acordaba de las fotografías que había encontrado y un punto de tristeza se podía distinguir en su mirada. Ya de noche, cuando estaba a punto de marcharse a la cama, volvió a coger las fotografías. Recordó los viejos tiempos, las excursiones nocturnas, la exploración de pasadizos secretos… ¡Realmente había sido tremendamente feliz!

Sin más dilación, Dick agarró el auricular del teléfono que tenía en su dormitorio y marcó el número de Julián.

— ¿Sí? —preguntó una voz, al otro lado de la línea.

— Julián, soy Dick, ¿es muy tarde para llamarte? —preguntó el joven.

— No, no lo es, ¿ocurre algo? —interpeló Julián, con tono preocupado.

— No, solamente quería contarte que he encontrado unas fotografías de hace diez años. Estamos todos en Villa Kirrin y me he puesto un poco triste. Solo era eso.

Al otro lado, Julián permaneció en silencio unos segundos. También él había sentido la punzada de la melancolía.

—Escucha, ¿qué te parece si comemos mañana y lo hablamos? —dijo Julián, con alegría—. Es posible que haya llegado la hora de tomar cartas en el asunto.

— ¡Aplastante, Ju! —contestó Dick, que intuía que de aquello podía salir algo muy divertido—. Mañana a la una de la tarde te espero en la puerta del Rules. Pésate y me dices lo que marca tu báscula, la semana pasada no te quise decir nada pero comienzas a perder la cintura, querido.

—Sí, últimamente como fatal. Bueno, mañana te veo; que descanses.

Minutos después, Dick se metió en la cama. Se encontraba feliz. Estaba convencido de que algo se le ocurriría al bueno de Julián. ¡Cómo le apetecía volver a reunirse todos juntos! Inmediatamente recordó al buen Tim. El perro debía ser ya muy mayor y, según contó Jorge en su última llamada, el animal se pasaba el día acurrucado al pie de la chimenea. Dick no imaginaba al simpático perro de aquella guisa. Esa noche soñó con pasadizos secretos, profundos lagos y el castillo de Kirrin. La reunión con Julián prometía.

La mañana siguiente Dick apenas pudo concentrarse en su trabajo. Recibió a la señora Greenhouse y estuvo largo rato tratando de convencerla de que, servirse una generosa ración de tocino con pan tostado en el desayuno, sí engordaba, en contra de la opinión de la señora.

—Pero doctor Kirrin, ¿cómo pretende hacerme creer que el tocino me engorda? —exclamó la señora Greenhouse, indignada.

—Señora, créame, aunque parezca mentira, el tocino es lo que más le engorda de todo el desayuno —contestó Dick por enésima vez, sintiendo que su paciencia se había consumido hacía rato.

— ¡Pero si es blanco! ¡Eso es porque está hecho de leche! ¿Verdad? —contestó la mujer, al borde de la desesperación.

Dick no podía creer que estuviese manteniendo una discusión así con su paciente.

—Efectivamente, es blanco pero no está hecho de leche, se lo aseguro. Es grasa en estado puro y debe usted abandonar ese hábito de inmediato— dijo Dick, con seriedad.

— Y si no lo hago, ¿qué me puede ocurrir? —preguntó la mujer, que no parecía dispuesta a dejarse vencer sin dar batalla.

—En ese caso tendrá que ir pensando en ponerse el cinturón con un boomerang —contestó Dick, con una mueca divertida.

La señora Greenhouse no pudo evitar una sonrisa. Aquel exigente doctor le encantaba, sabía decirle las cosas con un humor extraordinario.

—Está bien, dejaré de tomar tocino. Sin embargo, opino que a usted le vendría bien un poco; le encuentro cada vez más delgado, doctor Kirrin.

Dick sonrió y acompañó a la mujer hasta la puerta. Poco después se quitó la bata con la que atendía sus consultas y se percató de que ya era casi la hora de comer. ¡Tenía una cita con Julián para hablar de los viejos tiempos! Ese pensamiento le reconfortó tras la batalla dialéctica mantenida con su paciente.

Las calles de Londres bullían de un modo inusitado. Era el final del verano y gran parte de los habitantes habían regresado ya de sus vacaciones. Caminó por las calles del Cover Garden y, finalmente, avistó a su hermano en la puerta del local.

— ¡Julián! —gritó Dick, contento de ver a su hermano.

Los últimos metros los completó en una carrera.

— ¡Cáspita, qué buen aspecto tienes! —dijo Julián, abrazando calurosamente a su hermano.

— ¡Sí! ¡Me encuentro particularmente contento desde ayer! He estado pensando en muchas cosas. —contestó Dick, al tiempo que ambos entraban en el Rules.

—Yo también he estado dándole vueltas a lo que me contaste ayer —afirmó Julián.

Los dos tomaron asiento y esperaron a que el camarero les tomase nota. Les gustaba el Rules. Aquella decoración antigua, las paredes y el suelo recubiertos de viejas maderas británicas y el educado servicio del sitio les transmitían un ambiente de paz inigualable.

—Para mí, sopa de mejillones de Escocia—pidió Dick—. Y de segundo, hígado de ternera a la plancha con bacón crujiente y puré de salvia y mostaza. ¡Oh, y agua para beber! ¿Qué tomarás tú, Julián?

—Yo quiero una sopa de tomate y unas mollejas de cordero de segundo —ordenó Julián, con un brillo de excitación en sus ojos—. Dick, sé lo que vas a decirme y estoy de acuerdo; debemos organizar un fin de semana para reencontrarnos de nuevo todos.

— ¡Creo que lo pasaremos bárbaro rememorando viejos tiempos! —exclamó Julián, con alborozo—. Esta misma tarde llamaré a Ana, ¿quieres ocuparte tú de Jorge?

Dick asintió, emocionado. ¡Los Cinco iban a juntarse de nuevo! El camarero trajo los primeros platos y los sirvió con gran diligencia.

— ¿Dónde crees que deberíamos hacer la reunión? —preguntó Dick, comenzando a dar buena cuenta de su sopa de mejillones—. En mi opinión podríamos ir a Kirrin y hospedarnos en algún hostal de la zona. Los tíos son ya mayores y no conviene molestarles más de lo preciso.

— ¡Oh! Desde luego, esa es la mejor idea —dijo Julián—. El tío Quintín se encuentra inmerso en la escritura de un nuevo libro y ya sabes lo que eso significa. De todos modos, debemos ir a visitarles.

— ¿Y si acampamos en la Isla de Kirrin? ¡Creo que a todos nos encantará la idea! —propuso Dick, excitado ante el pensamiento de pasar un par de noches durmiendo en tiendas de campaña.

—Esa es una gran idea, así rememoraremos con más ahínco nuestras aventuras —convino Julián—. Pregúntale primero a Jorge, confío en que le parezca bien.

El resto del tiempo lo pasaron charlando de temas de actualidad. Julián rió a carcajadas mientras Dick le relataba los pormenores de su batalla con la señora Greenhouse.

—Me da la impresión de que pronto tendré que acudir a tu consulta —dijo Julián, palpándose la cintura—. Procuro hacer ejercicio, pero reconozco que paso la mayor parte del día sentado en el despacho y comiendo bastante mal.

—Aléjate de las salchichas esas que compras en la tienda del señor Stoner —sugirió Dick, con seriedad.

— ¿Crees que es un hábito perjudicial? Son de pollo —dijo Julián, extrañado.

—No lo creo, lo afirmo —contestó Dick—. ¡Es un hábito terrible! Sobre todo para mí, que cuando acudo a comprarlas te las has llevado todas.

Ambos muchachos rieron con ganas la ocurrencia de Dick. No cabía ninguna duda, el reencuentro era inexcusable.

— ¿Has hablado con mamá últimamente? —preguntó Julián, secándose las lágrimas con la mano.

—Sí, ayer mismo. Se marchan a España de nuevo a pasar unos días —explicó Dick—. Yo creo que al final se comprarán una casita en algún lugar de la costa y se trasladarán allí cuando papá se retire.

—Es posible. Después de todo, el clima de España es extraordinario —admitió Julián, al tiempo que pedía la cuenta al camarero—. Déjame que te invite yo, la idea que has tenido bien lo merece.

Comentarios

comments

Leave a Reply