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Los Cinco y la aventura de las mini vacaciones

Five And A Half-Term Adventure.

Originalmente publicado en la revista Enid Blyton’s Magazine Annual No.3.

Los Cinco y la aventura de las mini vacaciones.

    Los Cinco fueron a Villa Kirrín para disfrutar de unas pequeñas vacaciones. Por una vez el colegio de los chicos y el de las chicas habían elegido el mismo fin de semana para realizar las mini vacaciones.
– Es poco frecuente que podamos disfrutar de unas mini vacaciones juntos –dijo Ana, acariciando a Tim – ¡Además, tenemos suerte y hace un tiempo estupendo para ser principios de noviembre!
– ¡Cuatro días libres! – Exclamó Jorge – ¿Qué haremos?
-¡Bañarnos! – respondieron al unísono Julián y Dick.
-¡Qué! – Intervino horrorizada su tía- ¡Bañarse en noviembre! ¡Debéis estar locos! No puedo permitirlo, Julián, no puedo.
– Vale – sonrió Julián- No te preocupes, no hemos traído nuestros bañadores.
– Iremos a pasear a la colina de los Vientos – opinó Dick – es un bonito paseo, con un buen trecho junto al mar. Además, podemos encontrar moras y nueces. A mí me sentaría bien dar un paseo.
– Woof – secundó Tim, poniendo su gran pata sobre la rodilla de Dick. ¡Siempre le encantaba escuchar la palabra mágica “paseo”!
– Sí, hagamos eso – siguió Ana – Tía Fanny, podríamos llevarnos el almuerzo allí y hacer un picnic. ¿O es mucha molestia prepararlo?
– No si me ayudáis – contestó su tía, levantándose – Venid, veremos que podemos preparar. Pero recordad que ahora oscurece muy rápido, así que no regreséis muy tarde.
– Los Cinco salieron media hora después, con la mochila de Julián cargada de  bocadillos y rodajas de pastel de frutas. Dick llevaba una cesta para recoger moras y avellanas. Su tía le había prometido hacer un pastel de manzanas y moras si conseguían encontrar moras.
    Tim estaba muy feliz, correteando junto a los chicos, olfateando por un lado y otro del camino, y ladrando a un erizo que permanecía enrollado junto a su madriguera.
– ¡Déjalo! – le gritó Jorge – ¡Deberías haber aprendido que los erizos no están para que los lleves en la boca! ¡No lo despiertes! ¡Va a dormir todo el invierno!
– Hace un día estupendo para estar a primeros de noviembre – intervino Ana – Los árboles mantienen todavía sus hojas, y tienen todos los colores, rojo, amarillo, marrón, rosa…y las de haya son de color dorado.
¡Moras! – Exclamó Dick dirigiendo la vista a un arbusto salpicado de los negros frutos- ¡Son tan dulces como el azúcar!
Tan pronto como encontraron más arbustos cargados de moras, el ritmo de los Cinco se enlenteció considerablemente. Todavía quedaban moras de las grandes y muy dulces.
– ¡Se funden en mi boca! – se sorprendió Jorge – ¡Prueba una, Tim! – pero Tim escupió disgustado la mora.
– ¡Educación, Tim, educación! –le recriminó Dick, y Tim sacudió alegre su gran rabo, haciendo cabriolas a su alrededor.
    Era un buen paseo, pero lento. Encontraron un grupo de avellanos y llenaron la canasta con las avellanas que habían caído al suelo. Dos ardillas rojas los contemplaban desde una rama y parloteaban enfadadas. Eran sus avellanas.
– ¡Dejadnos unas pocas! –Les dijo Ana – Seguro que tenéis los almacenes llenos para pasar el invierno.
    Almorzaron en la cima de la Colina de los Vientos. No era un día especialmente ventoso, pero daba lo mismo, había una brisa agradable. Julián decidió que se sentaran al refugio de un arbusto de aulaga.
– Aquí estaremos al sol y al abrigo del viento –intervino – ¡Ana, saca el almuerzo!
– ¡Me siento terriblemente hambrienta! – exclamó Jorge –  Julián, no me puedo creer que sea solo la una de la tarde.
– Bueno, eso es lo que dice mi reloj – repuso Julián tomando un sándwich – Jamón con lechuga, como a mí me gusta. Aparta Tim, no puedo comerme el sándwich sin que intentes mordisquearlo..
    Había una vista magnífica desde la cima de la colina. Los cuatro chicos masticaban los sándwiches mientras echaban un vistazo al valle que estaba a sus pies. Allí se divisaba un pueblo, extendiéndose al abrigo de las colinas. El humo se elevaba perezosamente de las chimeneas.
– Mira, por ahí abajo está pasando un tren – intervino Jorge, señalando con su sándwich- parece como si fuese de juguete.
– Va a Beckton – prosiguió Julián – Veis, ahí está la estación. Realmente parece un tren de juguete.
– Ahora se ha parado –repuso Dick- Supongo que ahora irá hacia Kirrín. ¿Quedan más sándwiches? ¿Ninguno? Bueno, pues entonces me tomaré un trozo de pastel. Pásamelo, Ana.
    Hablaban reposadamente, contentos por estar juntos de nuevo. Tim vagaba de uno a otro, cogiendo una golosina aquí y un trozo de jamón por allí.
– Creo que estoy viendo un grupo de avellanos mas allá, al otro lado de la colina – les interrumpió Jorge – Voto que vayamos allá, y ver si podemos coger algunas avellanas, y después ya podemos ir pensando en regresar a casa, el sol cada vez está más bajo. Ju.
– Ya lo creo, y más considerando que son cerca de las dos – respondió Julián, mirando al rojizo sol de noviembre casi tocando el horizonte -. Bajemos a coger algunas avellanas y regresemos a casa. Me encantaría volver a casa por el sendero ese que bordea el mar.
    Se acercaron a la pequeña arboleda obteniendo una estupenda cosecha de avellanas. Tim les ayudó, llevando en la boca unos puñados de nueces a Jorge.
– ¡Gracias, Tim! – Exclamó la niña – ¡Eres muy listo! ¡Ojalá supieses distinguir las buenas de las malas!
– Y digo yo – intervino algo más tarde, Dick – El sol se ha ido y está oscureciendo. ¿Julián, estás seguro de que tu reloj marcha bien?
– Todavía dice que son las dos en punto – dijo sorprendido, mirando el reloj- ¡Dios! ¡Debo haber olvidado darle cuerda! ¡Ahora está totalmente parado, y antes debe de haber marchado muy despacio!
-¡Imbécil!- exclamó Dick- No me extraña que Jorge se extrañase tanto cuando le dijiste que era la una. No pensábamos volver después de oscurecer, y además, no hemos traído las linternas.
 – Este sendero no es muy adecuado para marchar a oscuras – intervino Ana- En ocasiones pasa demasiado cerca del precipicio.
– Mejor que comencemos a marcharnos – resolvió Julián- Cuanto siento esto. No se me ocurrió que el reloj estuviese funcionando mal.
-Te voy a decir lo que podría ser una buena idea – intervino Jorge –  ¿porqué no cogemos el sendero que se dirige a Beckton y desde allí cogemos el tren que nos lleva a Kirrín? Se nos hará muy tarde si regresamos por el camino de ida. ¡Mamá se asustará y llamará a la policía!
– ¡Buena idea Jorge! –Exclamó Julián – ¡Vamos! ¡Sigamos el camino ahora y aprovechemos la claridad que queda! Nos va a llevar directos a la ciudad.
    De modo que los Cinco bajaron todo lo rápido que podían. Ya era de noche cuando llegaron a la ciudad, pero ya no era tan preocupante porque las farolas de las calles estaban encendidas. Se dirigieron apresuradamente a la estación a través de la calle principal.
– Mirad, ponen Robin Hood en el cine –se asombró Ana – ¡Mirad la cartelera!
– ¿Qué es lo que hay allí?- preguntó Jorge – ¡Tim, ven aquí! Ha salido disparado. ¡VEN AQUÍ, Tim!
    Pero Tim estaba subiendo las escaleras del Ayuntamiento. Julián empezó a reír:
– ¡Mirad! ¡Hay una exposición canina! – Les señaló Julián – ¡El viejo Tim ha debido pensar que podía participar!
 – Ha olido allí a perros – se enfadó   Jorge -¡Vamos a por él o perderemos el tren!
    El recibidor estaba repleto de carteles de perros de todas las razas. Julián se detuvo a leerlos mientras Jorge buscaba a Tim.
– Hay algunos perros muy valiosos – dijo – También algunos muy bonitos. Mira la foto de ese caniche blanco. ¡Ah, ya viene Tim! Parece apenado. ¡Apuesto a que sabe que no ganaría ningún premio! ¡Bueno, excepto el de inteligencia!
– Ha sido el olor a perro lo que le ha hecho mirar de que se trataba- dijo Jorge – Se ha enfadado porque no le han dejado pasar.
– ¡Aprisa! ¡Creo que oigo al tren llegando! – exclamó Dick.
Empezaron a correr hacia la estación, que se encontraba ya bastante cerca. El tren resoplaba mientras sacaban los billetes. El guardagujas soplaba su silbato y ondeaba su bandera cuando subieron al andén. Dick tiró de la puerta de uno de los últimos vagones y los chicos entraron jadeando.
 – ¡Dios! ¡Hemos llegado por los pelos! – Suspiró Dick, dejándose caer en el asiento- Mira, Tim, casi perdemos el tren.
    Los cuatro chicos recuperaron el aliento, y echaron un vistazo al vagón. No estaban solos como habían creído al principio. Había dos personas en el otro extremo del vagón, un hombre y una mujer, sentados uno enfrente del otro. Mirando a los Cinco, enojados.
– ¡Oh! –Ana se había fijado que la mujer llevaba un chal enrollado en sus manos- Espero que no hayamos despertado al bebé. Solo queríamos coger el tren.
    La mujer meció el bulto que llevaba en sus brazos, cantando un poco y arrebujando más el chal, un poco sucio notó Ana.
– ¿Está bien? – Preguntó el hombre- Tápala más. Hace frío aquí.
– Ahora, ahora sí – canturreó la mujer, arropando más el bulto con el chal.
Los niños perdieron interés y empezaron a charlar entre ellos. Tim permanecía tranquilo junto a Jorge, muy aburrido. De repente empezó a olisquear, y se acercó a la mujer. Subió al asiento de al lado, y con la pata tocó el chal. La mujer se encogió asustada, el hombre comenzó a gritarle.
– ¡Quieto! ¡Para! ¡Venid aquí niños! ¡Mirad lo que hace vuestro perrazo! ¡Va a asustar al bebé!
– ¡Ven aquí, Tim! –lo llamó Jorge, sorprendida por el interés del perro por el bebé.
Tim se acercó lloriqueando a Jorge, sin perder de vista a la mujer. Un débil gimoteo salió del hatillo de ropa. La mujer frunció el ceño.
–  La habéis despertado – dijo, y empezó a hablar con el hombre en con voz áspera.
    ¡Tim estaba muy desobediente! Antes de que Jorge pudiese detenerlo, estaba otra vez subido al asiento de al lado de la mujer, arañando y lloriqueando. El hombre se dirigió furiosamente hacia el perro.
– ¡No le pegue a mi perro! ¡Si le pega le morderá! – gritó la niña, y afortunadamente, en ese momento, el tren se detuvo en una estación.
– Vamos a irnos a otro vagón –intervino Ana, y abrió la puerta. Así los cuatro junto a un poco dispuesto Tim, entraron a un compartimento más cercano a la máquina. Jorge miraba enojada a Tim.
– ¿Qué pasa contigo, Tim? – Le regañó- ¡Nunca te han interesado los bebés! ¡Siéntate ahí y no te muevas!
    Tim estaba sorprendido por la voz enojada de Jorge. Se arrastró debajo del asiento, y permaneció allí. El tren llegó a una pequeña estación, con un andén pequeño, y se detuvo, bajaron algunas personas.
– Es Seagrent Halt – dijo Dick, mirando al exterior- Ahí van el hombre, la mujer y el bebé. La verdad es que no me gustan ni como madre ni como padre.
– Está bastante oscuro – intervino Jorge mirando por la ventanilla – Ha sido estupendo que cogiésemos este tren. Mamá estará empezando a preocuparse.
    Fue estupendo sentarse en el acogedor salón de Villa Kirrín, y tomar una enorme merienda y comentar con la madre de Jorge el paseo. Se puso muy contenta cuando vio las avellanas y las moras. Los chicos le contaron sobre el hombre, la mujer y el bebé del tren, y lo divertido que había estado Tim alargando la pata hacia el chal.
– Antes de eso, también tuvo un momento gracioso – recordó Ana- Tía Fanny, había una exposición canina en Beckton. Y Tim parecía que había leído los carteles y había decidido participar. Porque de repente cruzó la calle ¡y se metió dentro del Ayuntamiento, que era donde se celebraba la exposición!
– ¿De veras?- preguntó riendo su tía- ¡Quizás fue a ver si encontraba a la linda perrita pekinesa que robaron hoy! Hablé por teléfono con el señor Harris y me lo contó. La perrita, está valorada en quinientas libras, ¡la dejaron un momento en su cesta, y desapareció! No se vio a nadie acercarse allí, y aunque registraron todos los rincones del Ayuntamiento, no había señal alguna del perro.
-¡Qué gracioso! – Exclamó Ana – ¡Vaya misterio! ¿Cómo es posible que alguien pudiese llevarse al perro sin que nadie lo viera?
– Sería fácil – respondió Dick – La envuelves en un abrigo, o la metes en una canasta y luego la cubres con algo y te diriges a la calle caminado tranquilamente.
– O la envuelves con un chal y pretendes que parezca un bebé. Como el pequeñín del chal sucio que había en el tren- prosiguió Ana – Nosotros pensábamos que era un bebé, pero fácilmente podía haberse tratado de un perro, un gato, o incluso un mono. ¡Nunca pudimos verle la cara!
    Hubo un repentino silencio, y todos se quedaron mirando fijamente a Ana, todos estaban pensando en lo que la niña había dicho. Julián dio un puñetazo en la mesa haciendo dar un respingo a todos.
– Hay algo sobre lo que acaba de decir Ana – reflexionó -¡Algo sobre lo que merece la pena pensar! ¿Alguien pudo ver aunque fuese de refilón la cara o al pelo del bebé? ¿Pudiste tú Ana? Eras la que estaba más cerca.
– No – respondió asombrada Ana- No pude, aunque lo intenté, porque me gustan los bebés, pero el chal estaba tapándole la cabeza y la cara.
-Y ahora digo yo, ¿Os acordáis lo interesado que estaba Tim en el chal? –Preguntó Jorge excitada- Nunca le habían interesado los bebés, sin embargo solo sabía saltar y alargar la pata hacia el chal.
– Y ¿os acordáis como lloriqueaba el bebé? – prosiguió Dick- Era más como un perrillo gimiendo que como un bebé. ¡No me extraña que Tim estuviese excitado! ¡Sabía que era un perro por el olfato!
-¡Fiuu! Esto es muy excitante- exclamó Julián poniéndose en pie- Voto que vayamos a Seagreen Halt y fisgoneemos por esa pequeña aldea.
– ¡No! – Intervino tajantemente tía Fanny- No vais a hacer eso. Está oscuro como la boca del lobo, y no voy a dejar que vayáis a ir en busca de ladrones de perros durante vuestras mini vacaciones.
– ¡Oh vaya!- exclamó Julián visiblemente contrariado.
– Telefonea a la policía –insistió su tía – Cuéntales lo que me has dicho, ellos rápidamente pueden averiguar la verdad. Ellos saben quien tiene bebé y quien no lo tiene, y además, ¡pueden investigar con seguridad!
– De acuerdo – contestó Julián, triste, porque lo que parecía ser una prometedora aventura, se había alejado rápidamente. Se marchó a telefonear con el ceño fruncido. Tía Fanny podía haber dejado que él y Dick se infiltrasen en la oscuridad en Seagreen Halt, podía haber sido divertido.
    Los policías se mostraron muy interesados, y le hicieron muchas preguntas. Julián les dijo todo lo que sabía, y ellos lo escucharon muy atentamente. Luego Julián colgó el teléfono y regresó junto a los otros,  mucho más animado.
– Se han mostrado muy interesados- les comentó – Van a mandar un coche a Seagreen. Nos van a decir lo que encuentren. Tía Fanny, NO PODEMOS irnos a la cama hasta que no sepamos cómo termina esto.
-¡No, no podemos! – gritaron todos a la vez, y Tim se unió ladrando y saltando junto a los chicos.
– Muy bien – dijo tía Fanny riendo –Vaya niños peculiares que sois. ¡No podéis dar ni un paseo sin que algo os pase! Ahora sacad la baraja y juguemos un poco a las cartas.
    Jugaron a las cartas, prestando especial atención por si sonaba el teléfono. Pero no sonó. Llegó la hora de la cena sin noticias.
– Creo que no ha resultado – dijo Dick, pesimista – Nos habremos equivocado.
    Tim de repente empezó a ladrar, y corrió hacia la puerta arañándola.
– Viene alguien –dijo Jorge- ¡Escuchad, es un coche!
    Todos escucharon de un coche deteniéndose frente a la puerta, y el ruido de unos pasos por el camino de entrada, el timbre sonó. Jorge se levantó corriendo y abrió la puerta.
– ¡Oh la policía! –Exclamó- ¡Pasen! ¡Pasen!
    Entró un fornido policía seguido de otro policía más. ¡El segundo llevaba un revoltillo envuelto en un chal! ¡Tim comenzó a saltar gimoteando!
– ¡Entonces no era un bebé – gritó Ana.
Los policías sonrieron y asintieron con la cabeza. ¡Desenrollaron la prenda y dentro había una pequeña perrita pequinesa, dormida, con su nariz respingona metida dentro del chal!
– ¡Despierta cosita linda! – Exclamó Ana
– La han drogado – repuso el policía- ¡Creo que temían que gimotease y delatase el sitio donde la habían escondido!
– Díganos lo que pasó – Suplicó Dick- Bájate, Tim. Jorge, está demasiado excitado, quiere que la perrita juegue con él.
– De acuerdo con vuestra información, fuimos a Seagreen – comenzó el policía – Preguntamos al mozo de equipajes por las personas que se bajaron esta noche del tren, y si alguna de ellas, llevaba un bebé. Él nos dijo que bajaron cuatro personas, y entre ellas una mujer llevando un bebé envuelto en un chal, y acompañada de un hombre. Nos dijo quienes eran, así que fuimos a su casa…
– Woof – lo interrumpió Tim, intentando acercarse a la perrita, pero nadie estaba fijándose en él.
– Miramos por la ventana trasera de la casa- prosiguió el policía- ¡Y eso confirmó las sospechas! La mujer estaba dándole leche a la perrita en un plato, y debía de haber puesto una droga, porque el animalito se quedó dormido mientras estábamos asomados por la ventana.
– Así que entramos y ahí se acabó todo – intervino el segundo policía – La pareja estaba tan asustada que lo soltó todo. Contaron como alguien los contrató para robar la perrita, y como utilizaron el chal de su propio bebé, envuelto en un cojín, y robaron fácilmente el perro cuando el jurado estaba viendo a los perros alsacianos. Envolvieron la perrita en el chal, tal y como adivinasteis, ¡y cogieron el primer tren que los llevase a casa!
– Desearía haber podido ir a Seagreen con ustedes – dijo Julián – ¿Saben quién contrató a la pareja para robar al perro?
– ¡Sí, acabamos de interrogarlo! Se mostró muy sorprendido al vernos- repuso burlonamente uno de los policías – Hemos informado a la propietaria que habíamos recuperado a su perrita premiada, pero no podía pasar a recogerla hasta mañana, así que nos preguntábamos si podíais cuidar de ella esta noche. ¿Podría cuidarla vuestro Tim?
– ¿Oh sí! – Dijo Jorge entusiasmada – Mamá, la llevaré a mi habitación cuando vaya a acostarme. Tim puede cuidar de ella, ¡le gusta mucho!
– Bueno. Si a tu madre no le importa que metas dos perros en tu dormitorio, ¡Por nosotros está bien! – Exclamó el policía robusto, señalando a su compañero para que entregase a Jorge la perrita. La niña la tomó cuidadosamente, y Tim comenzó a saltar de nuevo.
– No, Tim, ten cuidado – dijo Jorge – Mira que pequeñita es, tienes que cuidar de ella esta noche.
    Tim miró a la delicada perrita pequinesa, y educadamente la lamió con la punta de la lengua. Era la perrita que había olido en el tren, que estaba envuelta en un chal. ¡Oh, sí, Tim había acertado de nuevo!
– No sé cuál es tu nombre – dijo Dick, acariciando la pequeña cabecita- Pero pienso llamarte Aventura de las mini vacaciones. ¡Aunque no sepa como se dice en Pequinés!
– Bien. Buenas noches señora. Buenas noches niños – dijo el policía fornido- La señora Fulton, la propietaria de la perrita llamará mañana. Ganó ayer un premio de doscientas libras. ¡Así que yo creo que os dará algún tipo de recompensa! ¡Buenas noches!
    Naturalmente los Cinco, no querían ninguna recompensa. Pero Tim tenía la suya, cuidar toda la noche de la pequeña perrita. ¡Tenía el collar más bonito que había visto en su vida! ¡El pobre y viejo Tim!

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