Los Cinco

Los Cinco otra vez en la Isla de Kirrin

Por Javier Iñiguez de Heredia.

Todo comenzó cuando tía Fanny escribió una carta a Jorge para darle una mala noticia: Tío Quintín se había instalado en la Isla de Kirrin ya que estaba realizando un experimento y era de vital importancia que fuese realizado en un lugar completamente rodeado de agua.
Así pues, una vez que Jorge se resignó a que su isla fuera ocupada por su padre, decidieron todos ir a la isla de Kirrin para comer con el tío Quintín. Sin embargo, una vez  llegaron a la isla no encontraron al tío por ningún lado: ni en la torre de investigación, ni en las mazmorras, ni en la cueva que les sirvió de escondite…
Entonces, ¿dónde se había escondido? ¿Acaso conocía algún otro escondite que ni Jorge ni sus primos sabían?
Finalmente apareció, aunque no quiso decir donde había estado trabajando pese a las constantes preguntas de los niños. Se comprometió a realizar señales desde lo alto de la torre cada día a la mañana y a la noche, con el fin de que los habitantes de Villa Kirrin estuvieran tranquilos.

Los Cinco otra vez en la Isla de KirrinLos días fueron pasando tranquilamente. Tío Quintín se acordaba de realizar las señales acordadas por lo que en la isla todo iba perfectamente. Los niños, ante la imposibilidad de poder pasar unos días como hubieran querido de acampada en la isla, decidieron investigar una cantera situada a escasa distancia de Villa Kirrin.
Allí se encontraron con Martin Curton, un niño solitario y extraño que estaba, junto con su padre, descansando tras haber superado una enfermedad.
¡Fue allí donde Jorge realizó un descubrimiento verdaderamente increíble! ¡La entrada de un largo pasadizo!
¿Sería un túnel que llevaría a algún lugar?
¿O sería un simple pasadizo construido por los trabajadores de la cantera hace años?
Una mañana tío Quintín, en lugar de realizar las 6 señales convenidas, realizó 18, por lo que inmediatamente tía Fanny, los niños y Tim se dirigieron a la isla para comprobar que todo iba perfectamente. Una vez allá el tío les dijo que creía que había alguien más en la isla, ya que una noche, cuando salió a respirar aire fresco, le pareció oír una tos y además había encontrado una colilla en el suelo.
¿De quién sería esa tos y ese cigarrillo? ¿En verdad había alguien más en la isla? ¿Y con qué propósito?
Seguramente ninguno bueno…
Fue entonces cuando tío Quintín solicitó la ayuda de Jorge. Éste preguntó a ver si podría quedarse Tim con él para estar, de ese modo, mucho más seguro. Jorge, aunque deseaba poder quedarse a su vez con Tim, aceptó, pero a cambio de que pudiese ver a Tim desde el catalejo del guardacostas todas las mañana cuando subiera a hacer las señales.
A partir de entonces comenzaron a suceder los acontecimientos.
Una mañana Jorge fue a observar a Tim por el catalejo pero no vio a Tim junto a su padre haciendo las señales, por lo que se preocupó en extremo.
¿Qué le podría haber sucedido a Tim? ¿Acaso tío Quintín se había olvidado de subirlo a la torre y habría cerrado la puerta antes de que el perro entrara?
Por eso, pese a que sus primos le decían lo contrario, Jorge se marchó solitariamente a la isla en mitad de la noche para comprobar el estado de Tim y de su padre.
¿Lograría Jorge encontrar el lugar de investigación de su padre?
¿Estarían bien tanto él como Tim?
¿O acaso las sospechas de que había alguien en la isla eran ciertas?

 

 

Cubierta de la edición inglesa de 1951, ilustrada por Eileen A. Soper

Guardas de la primera edición inglesa, ilustrada por Eileen A. Soper

Frontis de la primera edición inglesa, ilustrada por Eileen A. Soper

Primera edición alemana, publicada por Blüchert Verlag, Stuttgart en 1955,
ilustrada por Friedrich Karl Gallwey con el título “Los Cinco Amigos en la Isla Rocosa”

Reedición temprana publicada por Blüchert Verlag, Stuttgart,
ilustrada por Nikolaus Plump

Primera edición francesa, publicada por Hachette en 1956,
ilustrada por Simone Baudoin

Primera edición en neerlandés, publicada por Becht en 1957

Primera edición española, publicada por Editorial Juventud en 1966,
ilustrada por José Correas 

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