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Una tarde perezosa

A Lazy Afternoon.

Original de Enid Blyton, publicada en 1957.

Una tarde perezosa

-¡Dios, qué calor! – dijo Julián abanicándose con un periódico -¿Qué vamos a hacer ésta tarde?
-Nada – respondió Dick –Siento como si me estuviera derritiendo. Hace demasiado calor hasta para ir a nadar.
-Tengamos por una vez una tarde perezosa – intervino Jorge – Si alguien sugiere caminar o montar en bici con este calor, me pondré a gritar.
-¡Guau! – respondió Tim.
-Está sugiriendo que vayamos a pasear, Jorge – le dijo Ana con una carcajada -¡Grita!
-Hace demasiado calor hasta para ponerse a gritar – repuso Jorge – Busquemos un sitio a la sombra y fresquito, nos llevamos nuestros libros, y o leemos o sesteamos hasta la hora de la merienda. Así disfrutaría de una tarde perezosa.
-Woof – dijo lastimero Tim, no totalmente de acuerdo.
-Vayamos entonces – intervino Julián – Iremos a esa pequeña arboleda que conocemos, bajo esos árboles frondosos, cerca de ese pequeño riachuelo que el murmullo de sus aguas produce ese sonido tan refrescante.
-Bueno. Creo que podría llegar hasta allí – dijo Dick.  Y se pusieron en marcha, incapaces de mantener el ritmo del alegre y animado Tim.  
-Me da calor de ver a Tim – se quejó Dick – Da calor hasta de escucharlo jadear, parece una locomotora. Mete la lengua dentro, Tim, no puedo soportar mirarla.

    Tim marchaba en cabeza, contento de que saliesen en lo que parecía ser un paseo. Se sintió muy decepcionado cuando los niños empezaron a tumbarse en una pequeña arboleda, bajo unos frondosos árboles cerca de un arroyuelo.
– Lo siento, Tim. No hay paseíto – dijo Jorge – Ven y siéntate con nosotros. Por el amor de Dios, no empieces a correr detrás de los conejos con este tiempo.
-Sería  una pérdida de tiempo, Tim –prosiguió Dick – Todos los conejos sensatos están durmiendo la siesta, en el fondo de sus madrigueras, esperando el fresquito del anochecer para salir.
-Woof – respondió Tim con desdén, mirando como los cuatro se colocaban cómodamente dentro de una maraña de vegetación  formada por brotes jóvenes y arbustos, recubierto por encima por las ramas de los árboles grandes. Los chicos serpenteando penetraron en su espesura, de forma que ningún rayo de sol pudiera alcanzarlos. De hecho, estaban tan bien escondidos por la vegetación, que era difícil verlos.
-Esto está mejor – dijo Jorge – Creo que es el sitio más fresco que podíamos encontrar en esta zona. El ruido del arroyo es bastante agradable, con el gorgoteo del agua sobre las piedras. ¡Creo que voy a dormirme y si te atreves a tumbarte encima de mí, Tim, te mandaré a casa!

    Tim se quedó mirando a los niños. El rabo entre las piernas. ¿Qué gracia tenía ir a un bosque para tumbarse y no hacer nada? ¡Bueno, él iba a cazar conejos! Se dio la vuelta, salió del matorral y desapareció. Jorge levanto la cabeza para mirarlo.
-Se ha ido a cazar conejos después de todo – dijo a los demás – Espero que se acuerde dónde estamos y regrese a la hora de la merienda. ¡Ahora, disfrutemos de una perezosa, pacífica y tranquila tarde!
-No hables tanto – repuso Dick, que recibió una suave patada de Jorge-¡Dios, que sueño tengo!

    En pocos minutos no quedó ninguno despierto. Los libros permanecían sin abrir en el suelo. Un pequeño escarabajo recorrió la pierna de Ana, sin que ella se diese cuenta. Un petirrojo saltaba en una rama justo frente a la cara de Dick, pero sus ojos estaban cerrados y no podía verlo.
Ciertamente era una tarde calurosa. No había nadie fuera. No se escuchaba ningún sonido si exceptuamos el murmullo del arroyo cercano, y un Escribano Cerillo (1) que decía insistentemente que quería “un poco de pan y nada de queso”. Los cuatro dormían tan profundamente como si estuviesen en sus camas.

    Entonces, a lo lejos, por la carretera que bordeaba el bosque,  se acercaba una motocicleta. Tenía sidecar, y hacía bastante ruido. Pero los cuatro durmientes no se enteraron de nada. No se dieron cuenta que la motocicleta había aminorado la velocidad y se introducía dentro del bosque, tomando uno de los senderos que iban de un sitio a otro.
La motocicleta marchaba ahora lentamente por el sendero, sin hacer tanto ruido, ya que marchaba muy despacio. Ahora pasaba cerca de la arboleda donde se encontraban, ocultos en los matorrales, los niños.
El motor de la motocicleta dio un pequeño petardeo y Julián despertó con un sobresalto. ¿Qué era ese ruido?  Intentó escuchar, pero ya no se oía nada más, porque la motocicleta, con su sidecar se había parado. Julián cerró de nuevo los ojos.
Inmediatamente los volvió a abrir porque escuchaba voces, voces susurrando. Debía de haber gente cerca. ¿Pero dónde? Julián esperaba que no despertasen a los demás. Abrió una pequeña ventana en el follaje y empezó a espiar a través de él.
Vio la motocicleta y el sidecar en el sendero más cercano. Junto a ella, dos hombres, uno de ellos acababa de salir del sidecar. A Julián no le gustaba el aspecto de ninguno de los dos.
-¡Qué aspecto de bandidos tienen!  -Pensó -¿Qué estarán haciendo aquí con el calor que hace?
Al principio los hombres discutieron en voz baja, luego comenzaron a discutir.
-¡Te lo dije, nos están siguiendo!-exclamó uno de ellos -¡Lo único que podemos hacer es venir aquí y tirar la mercancía!
Sacaron una bolsa pequeña del sidecar. El segundo hombre parecía que se quejaba, no muy dispuesto a hacer lo que le pedía el otro.
-Te digo que sé que no la encontrarán si la escondemos aquí –le decía el primer hombre -¿Qué problema tienes? No podemos permitir que nos pillen con la mercancía, y sé que nos están siguiendo. Y todo por saltarnos el semáforo de aquél cruce.
 Julián despertó susurrando a los demás. ¡Estaba pasando algo raro! Pronto, los cuatro, estaban espiando a través de ventanas en el matorral. Vieron lo que parecía una pequeña saca de correos en el suelo, junto a la motocicleta.
-¿Qué hacen con eso? – Susurró Jorge-¿No deberíamos lanzarnos sobre ellos?
-Lo haríamos si tuviésemos a Tim con nosotros – le contestó también Julián en voz baja-Pero debe estar cazando conejos y puede que esté a muchas millas de aquí.
-Y esos rufianes parecen demasiado duros para nosotros solos – intervino Dick-¡Caramba! No podemos ni asomarnos. Tendremos que conformarnos con mirar.
-Espero que veamos donde esconden la mercancía, cualquiera que sea – dijo Ana, mientras intentaba espiar a través de la maleza-Ahí van con la bolsa.
-Puedo verlos – dijo Dick, olvidando casi de hablar en susurros con la excitación – Están subiéndose a un árbol.
-Sí, uno está casi arriba, y el otro le está pasando la bolsa –prosiguió Julián-creo que debe haber un tronco hueco. ¡Dios! ¡Ojalá estuviese Tim aquí!
-Ahora el segundo bandido ha subido también al árbol – intervino Jorge – supongo que su compañero necesita ayuda. Debe haberse atascado la bolsa. Al momento los dos hombres estaban subidos al árbol, intentando introducir la bolsa en un hueco del tronco. Finalmente se escuchó un ruido sordo, como si la bolsa hubiese caído por algún lado.
-¡Si Tim estuviese aquí! – Exclamó de nuevo Julián – Es enloquecedor quedarse aquí tumbados sin hacer nada. ¡Pero no podemos hacer nada frente a dos rufianes desesperados!
De repente escucharon un ruido, de unas patas correteando, y un sonido familiar ¡Guau!
-¡Tim! – aullaron a la vez Jorge y Julián.  
Julián saltó fuera del escondite y le dijo a su prima:
-Jorge, dile a Tim que vigile el árbol. ¡Deprisa!
-Aquí, Tim. ¡Vigila! – aulló Jorge. Y el asombrado Tim se dirigió al árbol, mientras los dos hombres lo contemplaban horrorizados desde la copa.
Tim emitió un gruñido que helaba la sangre, y uno de los hombres, que había comenzado a descender, retrocedió.
-¡Llama a ese perro!-Gritó -¿Qué crees que haces?
-Díganos que está haciendo usted – intervino Julián -¿Qué hay en la bolsa que han ocultado en el hueco del tronco?
-¿Qué bolsa? ¿De qué estás hablando? ¡Estás loco! – Exclamó el hombre – Llama al perro o te denuncio a la policía.
-¡De acuerdo! ¡Nosotros también lo denunciaremos a usted! – Siguió Julián-Se van a quedar en el árbol hasta que venga la policía, y si tratan de bajar y salir corriendo, lo van a lamentar. ¡No se imaginan lo afilados que tiene los dientes nuestro perro!
Los dos hombres estaban tan enfadados que casi no podían hablar. Tim ladró ruidosamente y se puso de pie intentando alcanzar a los hombres. Julián se dirigió a Dick:
-Lleva a Jorge y Ana a la carretera e intenta parar un coche. Ve a la comisaría más próxima y dile a los policías que envíen unos hombres aquí. ¡Venga!
Pero antes de que Dick pudiera ponerse en marcha con las chicas, les llegó el sonido de otra motocicleta, y el ruido de saltos por el sendero forestal. Julián permaneció en silencio. ¿Venían más rufianes? Tim sería una gran ayuda en ese caso. Junto con los otros, se escondieron tras los árboles para contemplar quien llegaba.
-¡La policía! – Gritó Dick, al ver el uniforme familiar-Deben de ser los que perseguían a estos tipos. Alguien les habrá dicho que se habían metido en el bosque. ¡Hey! ¡Podemos ayudarles!
Los dos policías de tráfico se detuvieron sorprendidos. Vieron la motocicleta con el sidecar.
-¿Chicos, habéis visto dos hombres con una bolsa? – les gritó uno de los policías.
 -Sí, la bolsa está escondida en un árbol cerca de aquí, nuestro perro vigila a los hombres. ¡Están subidos en el árbol! – respondió Julián acercándose a los agentes. – ¡Han llegado a tiempo para atraparlos!
-¡Vaya, recién salidos del horno! – dijo uno de los policías sonriendo al ver a los dos hombre asustados, en el árbol, con Tim intentando alcanzarlos. ¿La bolsa está ahí arriba? ¿No?
-Escondida en un hueco del tronco – repuso Julián.
-Bien. Muchas gracias por facilitarnos el trabajo-dijo el segundo policía, sacando un silbato de policía y pitando con fuerza – Hay más compañeros en la carretera. Les hemos dicho que si encontrábamos algo, tocaríamos el silbato. Pronto estarán aquí – luego dirigió su mirada hacia el árbol -¿Vaya? Jim y Stan. ¿Pensabais que nos habíais engañado? ¿Vais a venir con nosotros pacíficamente? ¿O le pedimos al perro que nos acompañe?
-Iremos pacíficamente – dijeron Jim y Stan, mirando al entusiasmado Tim.
Aparecieron tres policías mas por el sendero, y los dos hombres marcharon con ellos sin oposición. Tim dio un último fiero ladrido, y los chicos contemplaron como marchaban todos, los hombres, motocicletas y sidecares por el sendero hacia la carretera.
-Bueno – dijo Jorge – ¡No digáis que ha sido una tarde refrescante y perezosa!, ¡Tengo más calor que antes!
-Woof! – intervino Tim. Su lengua colgaba, y casi llegaba al suelo. Parecía que también tenía mucho calor.
-Bueno, no haber ido a cazar conejos – le contestó Jorge-¡Así que no te asombres de tener calor!
-¡Ha sido una suerte que fue a cazar conejos! – intervino Dick – Si se hubiese quedado con nosotros, habría ladrado, y los bandidos se habrían dado cuenta de que estábamos aquí, y se habrían ido a otro sitio a esconder el botín. Nunca nos habríamos visto lo que hacían, ni los hubiésemos podido capturar.
-Sí, es cierto – dijo Jorge palmeando a Tim – ¡Todo está bien, Tim, hiciste lo correcto al ir a cazar conejos y regresar a tiempo!
-Es la hora del té – la interrumpió Dick, mirando el reloj – Bueno, bueno. Ha sido una tarde de verano pacífica, perezosa y estupenda. ¡Realmente he disfrutado!

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