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Jorge tiene el pelo demasiado largo

George’s hair is too long.

Escrita por Enid Blyton en 1957.

Jorge tiene el pelo demasiado largo.

-Vamos a ir a la Ensenada de los Vientos – dijo Julián una excelente mañana de agosto.- Hace demasiado calor para ir a la playa de Kirrin. La Ensenada de los Vientos, será mas fresca y agradable. Siempre tiene una agradable brisa.
-Por mí de acuerdo- repuso Dick.- ¿Y tú que dices, Jorge?
-Bueno, yo quería ir a cortarme el pelo.- contestó Jorge.- Creo que si no me lo corto pronto, lo tendré tan largo como Ana.
-Desearía que pudieses tener el pelo corto.-  le dijo Dick.- Te preocupas tanto, como si importara llevar el pelo corto o largo.
-Olvidas que eso le importa mucho a Jorge – dijo burlonamente Julián- ¡La gente podría confundirla con una niña si el pelo le creciera media pulgada mas! Bueno Por el amor de Dios, Jorge, córtatelo esta tarde. Pasaremos por la peluquería de camino a la Ensenada de los Vientos. Mientras, te esperaremos en la heladería.

Salieron a las dos. La carretera hacia el pueblo estaba cálida y polvorienta, y Tim corría entre ellos con su rosada legua colgando casi entre las patas delanteras.
-Pobre viejo Tim. También pillarás un helado – dijo Dick dándole palmaditas.
Llegaron al pueblo, y mientras Jorge entraba en la peluquería, los demás se dirigieron a la lechería, donde vendían unos ricos helados cremosos. Al escuchar que Jorge los llamaba se  dieron la vuelta.
-La peluquería está cerrada. Hoy es el día que cierran temprano – gritó- ¡Qué chasco! Se me había olvidado. Ahora no podré pelarme.
– Bueno, no importa, ven y tomate un helado – aulló Julián. Pero Jorge estaba obstinada.
-¡Yo quiero cortarme el pelo, aunque tenga que hacerlo por mi cuenta!. ¿Alguien tiene unas tijeras?
-Claro que no. ¿Quién lleva encima unas tijeras? ¡No seas idiota!– dijo Dick – Por el amor de Dios, ven con nosotros y deja en paz tus pelos.
-Voy a pedir prestadas unas tijeras en la ferretería –gritó Jorge-  Han cerrado también, pero conozco al anciano señor Pails, y sé que me abrirá la puerta lateral. Id con Tim a tomar el helado. Yo no quiero. Ya os alcanzaré cuando haya terminado.
-Que cabezona es Jorge dijo Dick dirigiéndose a los otros, una vez que se le mete algo en la cabeza, no para hasta que no lo consigue.
Mientras los niños iban a la lechería, Jorge dio un rodeo hacia la puerta lateral de la ferretería. El señor Pails respondió a su llamada.
-Bien, señorita Jorge, ¿Qué quiere? – Dijo- Mi tienda, como bien sabe, está cerrada y tengo el tiempo justo para coger el autobús, pues voy a visitar a mi hijo, como hago siempre el día que cierro mas temprano.
– No le entretendré mas de un minuto –dijo Jorge- Solo quiero que me preste unas tijeras bien afiladas, señor Pails. Eso no le llevará más de un par de minutos. El autobús no sale hasta dentro de diez; tiene mucho tiempo todavía.
-Bueno, bueno ¡Siempre has sido única para conseguir lo que quieres! –dijo el anciano –Ven aquí, te enseñaré el cajón donde guardo las tijeras. Pero no te entretengas. ¡Tengo que coger ese autobús!
Jorge atravesó el pasillo que conducía a la tienda, el anciano la acompañó a un cajón en la parte de atrás. Acababa de abrirlo cuando se detuvo una pequeña camioneta junto a la tienda. Dos hombres salieron de la camioneta. Jorge miró hacia allí y dio un respingo. Uno de los hombres había levantado la tapa del buzón de la puerta de la tienda y estaba mirando el interior. ¡Qué cosa mas extraña!
Jorge distinguió claramente los ojos del hombre a través del buzón en la oscuridad de la tienda. Tiró del brazo del señor Pails y susurró:
-¿Ve a ese hombre mirando a través del buzón? ¿Qué querrá? No puede vernos porque estamos en la esquina más oscura.
En ese momento, la puerta fue forzada y los hombres entraron apresuradamente en la tienda. Al principio no vieron al señor Pails y a Jorge pues estaban en un rincón oscuro y tras el mostrador. Pero el señor Pails, indignado gritó:
-¡Eh, vosotros! ¿Qué pretendéis forzando así la puerta? Yo….
Pero uno de los hombres, dio un salto y le tapó la boca con sus manos. El otro hombre corrió hacia Jorge y la acorraló en una pequeña alacena, sin prestar atención a sus gritos. Al señor Pails lo empujaron también dentro, y bloquearon la puerta.
Jorge y el señor Pails gritaron con todas sus fuerzas. Pero la tienda estaba un poco apartada de las demás, y no había nadie para escuchar sus gritos en esa cálida y sofocante tarde de verano.

Jorge oyó el jadeo de los hombres mientras arrastraban la pequeña caja de caudales. Entonces la puerta se cerró, escuchó el motor de la camioneta arrancar…y ¡comenzar a alejarse!
-Si hubiese tenido a Tim conmigo –pensó Jorge, mientras empujaba con todas sus fuerzas sobre la puerta – ¿Porqué le diría que se fuese a tomar un helado con los otros?
El señor Pails estaba casi desvanecido por los empujones que había sufrido y por el miedo, y no iba a ser ninguna ayuda. Tras un rato, Jorge renunció a seguir luchando contra la puerta, y comenzó a desear que no hubiese tantos cacharros y escobas en la alacena, ¡dejándole tan poco a espacio a ella y al anciano ferretero!
Se preguntó que estarían haciendo los otros. ¿Regresarían a buscarla? Si lo hacían, podría ponerse a gritar.
Pero los otros, habiendo terminado los helados, se dirigían a la Ensenada de los Vientos. Jorge les había dicho que no quería helados. Así que, para ir adelantando, podrían ponerse en camino, y que ella los alcanzase.
Así que iban caminando por la carretera que llevaba a la Ensenada de los Vientos. Tim, despacio, detrás, buscando a su adorada Jorge ¿Porqué no venía? De repente, decidió volver atrás y buscarla. Se sentía ansioso. Aunque no sabía porqué. Movió su cola y comenzó a trotar hacia el pueblo.
-Ahí va Tim – dijo Ana – ¡No puede estar mas de media hora sin Jorge! ¡Adiós Tim! ¡Dile a Jorge que se dé prisa!
Siguieron el camino sin Tim, caminando junto a la carretera por un estrecho arcén. De repente, una camioneta surgió de una curva tras ellos y se acercó a toda velocidad. Dick apenas pudo sacar de un tirón a Ana de delante de su trayectoria. La camioneta dio un viraje brusco y siguió adelante tocando la bocina, dirigiéndose hacia la siguiente curva.
– ¿Qué cree que hace ese tipo? – Se preguntó Dick enojado – ¡Casi nos atropella! ¡En una carretera sinuosa como esta! ¿Porqué tanta prisa!
La camioneta tomó la curva, y casi inmediatamente después, el sonido de una explosión, un chirriar de frenos. Luego silencio.
-¡Buff! Ha sonado como si hubiese reventado un neumático – exclamó Julián, empezando a correr – Espero que no hayan tenido un accidente.
Los tres rodearon la curva. Vieron la camioneta atravesada en la carretera, casi en la cuneta.
El neumático de la rueda trasera izquierda estaba totalmente vacío, había sido un buen reventón. Los dos hombres lo miraban ansiosamente.
-¡Oye, tu! – Exclamó uno de los hombres dirigiéndose a Dick- Ve al garaje mas cercano  y le pides a alguien de allí que venga a ayudarnos.
-¡Va a ser que no!- Repuso Dick – Casi atropellan a mi hermana. Uno de ustedes puede ir en busca de ayuda. Yo no quiero saber nada de la gente que va conduciendo de esa manera.
Pero ninguno de los hombres hizo ningún movimiento para ir por ayuda. En lugar de eso, se miraron entre ellos y al neumático con el ceño fruncido. Los tres chicos miraban con curiosidad a los dos enfadados hombres.
-¡Largaos! – exclamó al final uno de los hombres – A menos que queráis ayudarme con la rueda. A propósito, ¿Sabéis cambiar una rueda?
-Sí – Respondió Julián sentándose en el bordillo – ¿Ustedes no? Es raro que usted no sepa cambiar una rueda. Si su trabajo es conducir una camioneta. ¡Eso sería una de las primeras cosas que debería haber aprendido!
-¡Calla! – Exclamó el hombre -¡Lárgate!
-¿Porqué? – Preguntó Dick, sentándose al lado de Julián- Parece que tienen muchas ganas de deshacerse de nosotros. ¿Es así? ¿O es que les pone nerviosos que unos expertos como nosotros les vean hacerse un lío con una cosa tan simple como cambiar una rueda?
-Pienso que deberíamos ir a buscar a Jorge – dijo Ana, que no le gustaba nada la situación. Y caminó cerca de la camioneta, echando un rápido vistazo al interior. ¡Vio una pequeña caja de caudales negra! Mirando de nuevo a los hombres, tenían muy mal aspecto. Se acercó a Julián y se sentó detrás de él.  Cogió una ramita y empezó a escribir en la arena, luego dio a su hermano un discreto golpe con el codo.
Julián miró, y en la tierra estaba escrito “Hay una caja fuerte en la camioneta”. Ana, en cuanto vio que sus hermanos habían leído su mensaje, lo borró con el pie.
Los hermanos se quedaron mirando a los dos hombres, que ahora estaban intentando cambiar la rueda. ¡Estaba claro que nunca lo habían hecho! Julián cogió a Ana cuando se levantaba para ir a buscar a Jorge.
– No, quédate – le dijo – Jorge puede haber cambiado de idea y haberse ido a la casa. Quédate con nosotros, Ana.
Así que Ana se quedó, deseando que Jorge apareciera pronto con Tim.¿Porqué tardaba tanto? ¡Después de todo se debería haber marchado a casa! ¿Qué iba a hacer Julián? ¿Esperar que pasase otro coche y transmitir sus sospechas al conductor? ¡Porque todo esto era muy sospechoso! Ana estaba segura que la caja fuerte y la camioneta eran robadas. ¿Y donde estaba Jorge? Había tenido tiempo de sobra para conseguir unas tijeras, cortarse el pelo y darles alcance.
Pero Jorge seguía en la pequeña alacena, tan apretada que apenas podía mover un brazo o una pierna. El señor Pails parecía que se había desmayado, pero Jorge no podía hacer nada por él. ¡Y entonces escuchó un familiar sonido de bienvenida!.
El ruido de unas patas por el pasillo que se dirigía a la parte trasera de la tienda, y luego un gemido. ¡Tim!
-¡Tim! ¡Estoy aquí, en la alacena! – Gritó Jorge – ¡Tim!
Tim comenzó a arañar la puerta de la  alacena y a ladrar tan  furiosamente, que un hombre que pasaba por la calle, empujó la puerta que habían forzado los ladrones y miró dentro. El hombre miró a Tim.  El perro corrió hacia el hombre y regresó a la alacena, aún ladrando.
-¿Hay alguien ahí? – preguntó el transeúnte.
-Sí, sí – Respondió Jorge – Estamos encerrados en la alacena. ¡Por favor, sáquenos de aquí!.
Solo le ocupó un par de segundos al hombre atravesar la tienda y abrir la alacena. Apenas salió Jorge, y Tim se lanzó sobre ella, lamiéndola de la cabeza a los pies. Cuando salió el señor Pails, estaba tan aturdido y anonadado que era difícil entenderle.
-¡Policía! –Seguía diciendo – ¡Policía!
-Enviaré a alguien a llamar a la policía, y también a un médico – le dijo el hombre – Siéntese en esa silla señor Pails. Yo cuidaré de usted.
Jorge se deslizó fuera de la tienda. Se sentía bastante débil tras su encierro en la estrecha alacena. Debería de darse prisa en alcanzar a sus primos, contarles lo que le había pasado y regresar todos a la tienda. ¡Esta tarde no iban a ir a la Ensenada de los Vientos!
Así que ella y Tim caminaron aceleradamente por la estrecha carretera que lleva desde el pueblo a la Ensenada de los Vientos. ¿Estarán muy lejos los otros? ¡Quizás ya hayan llegado a la ensenada!
Pero no era así. Todavía estaban sentados a un lado de la carretera, contemplando a los dos torpes, sudorosos y agobiados hombres intentando colocar la segunda rueda, ¡después haber tardado años en quitar la primera! No tenían las herramientas para poder realizar adecuadamente el trabajo, como Julián podía observar. Deseaba que llegase Jorge. ¡Tim sería una gran ayuda!
Y entonces, en la curva apareció por fin Jorge, con Tim a sus talones. Una Jorge bastante pálida, evidentemente cargada de novedades corría hacia ellos.
-¡Ju! ¡Dick! ¿Os imagináis lo que me ha pasado?  Al señor Pails y a mí nos encerraron dos ladrones en la alacena de su tienda y…
Ella de repente se dio cuenta quienes eran los hombres que estaban arreglando la camioneta. Se detuvo, atónita. Entonces se dirigió a ellos y gritó:
-¡Vaya! ¡Esos son los dos hombres! ¡Y esa es la camioneta que llevaban! ¿Llevan una caja fuerte dentro?
-¡Sí! – Contestó Julián, levantándose inmediatamente- ¡Tienen una! ¿Estás segura de que reconoces a esos hombres, Jorge?
-¡Oh, sí! ¡Nunca se me olvidaran sus caras! – Gritó Jorge – ¡Tim, vigílalos! ¡Vigílalos, Tim!
 Tim saltó sobre los dos hombres, gruñendo fieramente y enseñando los dientes, eso hizo que los hombres retrocediesen aterrorizados. Uno de ellos levantó la mano como si fuese a golpear a Tim con la herramienta que llevaba.
-Si le pega, se tirará encima de usted y lo derribará – Lo amenazó Jorge con voz grave- ¿Qué hacemos, Julián? Hay que entregar esos hombres a la policía.
-Escuchad, ahí viene un coche –Repuso Dick – Vamos a pararlo y enviar un mensaje al pueblo.
Un gran coche apareció por la curva en dirección a la Ensenada de los Vientos. Julián hizo señales con la mano para que se detuviese. Había dos hombres en el interior.
-¿Qué es lo que pasa? – Preguntaron.
Julián les explicó todo lo mas brevemente que pudo. Uno de los hombres salió fuera del coche.
-Vamos a poner esa rueda en su sitio – dijo- llevaremos a los hombres al pueblo de Kirrín en la camioneta.  Yo puedo conducirla, y el muchacho del perro también puede venir. ¡Vamos a meter a los dos hombres en la camioneta! ¡ Los demás entrad en el coche, iremos a la policía de Kirrín detrás de la camioneta!
Todo eso sonaba muy sabio y muy prudente. La rueda nueva se colocó en un santiamén, pusieron a los dos hombres al fondo de la camioneta, con Tim  gruñendo a su lado, y Jorge (¡complacida porque la habían confundido con un chico!) se sentó delante con el otro de los hombres del coche. Comenzaron la marcha, seguidos por el gran coche, en el que iban unos agradecidos y sonrientes Julián, Dick y Ana.
¡Fue muy excitante la llegada al pueblo de Kirrín! ¡Los policías estaban asombrados y encantados de que les entregasen a los ladrones de esa forma, junto a la caja fuerte y la camioneta robadas! El señor Pails estaba muy, muy agradecido. Tim sentía que no le hubiesen dejado ni darles un pequeño mordisco, pero extremadamente feliz por haber podido rescatar a su amada Jorge.
-Bueno. ¡Qué emocionante! – exclamó la madre de Jorge, cuando llegaron a casa y le contaron su asombrosa aventura- Así que no fuisteis a la Ensenada de los Vientos, después de todo. ¡Bueno, siempre podéis ir mañana!
-Yo no puedo ir –dijo Jorge.
– ¿PORQUÉ? – preguntaron todos, sorprendidos.

-Porque, simplemente, debo cortarme el pelo!- contestó Jorge – ¡Y me alegraré mucho si en esta ocasión  no me encierran en una alacena!

 


Traducción: Joaquín
Texto original: George´s hair is too long / Enid Blyton / 1955 / Publicado en Enid Blyton´s Magazine Annual

 

 

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